La moral metafísica : pasión y virtud en Descartes

Este libro está especialmente dedicado a la última obra publicada en vida de Descartes, Las pasiones del alma (1649). La investigación cartesiana sobre las pasiones no es una psicología introspectiva, menos aún una psicofisiología de la sensibilidad; es una meditación metafísica. Primero, porque se...

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Detalles Bibliográficos
Autor Principal: Pavesi, Pablo
Formato: Libro
Lenguaje:Español
Publicado: Buenos Aires Prometeo Libros c2008
Materias:
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520 1 # |a Este libro está especialmente dedicado a la última obra publicada en vida de Descartes, Las pasiones del alma (1649). La investigación cartesiana sobre las pasiones no es una psicología introspectiva, menos aún una psicofisiología de la sensibilidad; es una meditación metafísica. Primero, porque se consagra enteramente a un modo particular del pensamiento, y por lo tanto, al ego pensante pero, sobre todo, porque la pasión (lejos de todo determinismo causal o subjetividad personal) nos permite acceder a una verdad (un verdadero bien) que exige, para ser alcanzada, distinguir los modos del error, igualmente originales, a los que ella nos somete. Esta meditación sigue un orden: comienza por describir una unión no substancial, por la cual el alma está más estrechamente unida a un cuerpo particular pero también a todos los cuerpos capaces de afectarla. Sigue luego una doble definición: la pasión se siente en una interioridad al alma que la distingue definitivamente de los apetitos o ideas sensibles, que se perciben siempre en el cuerpo; más aún, ella es el único modo de la sensibilidad que se presenta como una invitación, a la cual la voluntad debe imperativamente responder. La pasión es entonces una percepción , pero no es una idea: por ella el ego percibe una realidad que, como su propia realidad, no puede ser reducida a objeto. A partir de aquí, la meditación es una investigación sobre el amor. Sobre el amor al semejante, en primer lugar, porque alter ego irrumpe en la reflexión cartesiana como otra libertad y se percibe en el “amor puro”, libre dde todo deseo, de temor o esperanza y dirigido exclusivamente a “otro si mismo”. En segundo lugar, sobre el amor a Dios. Aquí reside la última audacia de la filosofía: la de pensar una moral metafísica que aspira a fundar en la idea da Dios el amor voluntario a Dios y a los hombres. Ese esfuerzo, de largo itinerario, culminará en la noción de generosidad, último nombre de la virtud cartesiana, en la cual el ego recibe el don de la voluntad (el único que verdaderamente le pertenece, el único perfectamente distribuido en todos los hombres) e imita la donación original en la donación generosa. Es el amor, pues el que, en el momento final de la meditación, decide, todavía y, quizás, por última vez, sobre la perfectibilidad del ego, y por lo tanto, sobre su esencial y desmedida aspiración al infinito. 
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